La primera vez que vi a Sebastian Hampel, por supuesto, yo todavía no sabía que se llamaba Sebastian Hampel. Era una tarde fría de diciembre, una tarde de mercado, bulliciosa y apresurada. La gente se desbordaba por las aceras e inundaba los parterres de césped amarillento y la calzada. Era una tarde de mercado bulliciosa y apresurada. Las mamás hacían carreras de sillas de ruedas con los lisiados, y éstos montaban en bicicleta, con sus muletas en el portaequipajes segando pantorrillas airadas y aireadas. Pero claro que yo todavía no había oído hablar siquiera de Sebastian Hampel. Los gigantes barbudos y cabezudos de la entrada no me dijeron nada. Se limitaron a sacar los dientes y seguir empuñando el fusil.

A la izquierda sonaba la campana del carrusel. Por la derecha llegaban olores de almendras tostadas y gofres con canela. Por todos lados se apresuraba la muchedumbre, se agolpaba y dispersaba como una enorme oruga. Había piedras preciosas, luces de colores, pañuelos, pesebres de madera, de yeso y de barro, tarjetas postales, vestiditos de muñeca, y muñecas sin vestido, felpudos, tablillas con inscripciones simpáticas y cerámicas para colgar en las puertas, corbatas, cuadernos decorados, aparatos ingeniosos, estupideces supinas, y en general todo lo más inútil imaginable. Y de pronto, destacando entre la multitud, vi un bulto alargado y rechoncho, con un bombín y y armilla azul y amarilla. Los colores de Werther, pensé.