jueves, 24 de mayo de 2007

Berlín (primera parte)

Berlín se ha convertido en lugar de culto obligado para cualquier amante del arte. Su Museumsinsel se precia de ser una de las zonas de mayor densidad de obras maestras de la Humanidad. No hay que tenerles en cuenta su parte de expolio, la época del colonialismo voraz ya queda muy lejos (que se lo digan al British Museum). Instalar el Altar de Pérgamo dentro del museo homónimo, o la babilónica puerta de Ishtar, de ladrillos laqueados de azul, sólo pueden calificarse de megalomanía. Pero el espectador contemporáneo no puede más que dejarse impresionar y abandonarse a su propia pequeñez, deseando en sus entrañas el surgimiento de un neo-neo-neoclasicismo (o quizás aún me faltan prefijos), porque en realidad nunca hemos superado nuestra nostalgia de pasado: buscando en el baúl de los recuerdos cualquier tiempo pasado nos parece mejor.

No voy a hablar más hoy de cultura, ni de museos, galerías, salas de exposiciones, auditorios, teatros... La lista sería bastante larga y no exhaustiva. Sin embargo, me gustaría mostrar una imagen histórico-artística de la ciudad. Breve pincelada, que tampoco soy un experto. No sé más que lo que conoce cualquier hijo de vecino. Berlín fue una ciudad escindida, separada por el muro que hoy en día se ha convertido en una de las atracciones turísticas principales. Pero mucho más interesante que los restos de graffitti y el Checkpoint Charlie es el recientemente inaugurado "campo de estelas", en conmemoración de los judíos muertos víctimas del nazismo.




El visitante sólo ve una pequeña explanada, el lugar que ocuparía el solar de algún edificio que demolieron o bombardearon, o un jardincillo cualquiera, sembrada por bloques rectangulares de cemento, lisos y con aristas finas. Pero basta con caminar un par de pasos más adentro para poner en marcha el plan interactivo de la obra de arte. No es el aspecto externo lo que importa. No hay color, no hay apenas variación de forma, sólo una cuadrícula inmensa y bloques, bloques, bloques. El caminante avanza y los bloques lo engullen. Se pierde el campo de visión, sólo existen bloques en lo que se convierte en el laberinto más simple. Las paredes de cemento se alzan tres o cuatro metros. Entre los pasillos estrechos no hay ninguna vía de escape. No sólo eso, sino que en cualquier momento te puede asaltar otra alma vagabunda, atrapada en este escenario atemporal y estático. Se descubren entonces las irregularidades de la construcción, pequeñas inclinaciones caprichosas, y la asfixia empieza a cortarte la respiración. Hay que salir de aquí, el peligro acecha en cada esquina, y la claridad de los tonos grises te transporta a un lugar de inframundo, aséptico e incorpóreo.



De nuevo los estrechos pasillos suben, las paredes bajan, los bloques se distancian y desaparecen. Y cuando miras atrás, sólo hay una cuadrícula. Uno no puede ver nada, pero lo que parece un lugar vacío entierra no se sabe cuántos caminantes extraviados, asfixiados, en búsqueda de un lugar seguro.




Yo sería judío, si pudiera circuncidarme: probablemente me desmayaría antes de que el doctor hubiera sacado el bisturí. Me conformo, pues, con solidarizarme en el duelo por el genocidio.

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